URBEX
Igual que un gato apurando sus siete vidas yo me jugué la última mía al colarme en aquella vieja ermita abandonada a la que tantas ganas tenía. Tras una maraña de bancos y reclinatorios apiñados, pude ver cercanos al altar los hábitos de color blanco de lo que parecían unos frailes dominicos que parecían ejecutar un poco decoroso ritual de profanación. A saber de que secta o frenopático se habrían escapado. Al girarse uno de ellos mostrando rasgos desencajados hizo ademán de venir en herética carrera hacia mi persona al tiempo que al iniciar mi carrera golpeé el soporte de un viejo púlpito de madera carcomido por el tiempo y el abandono que cedió a mi paso. Con suerte pude zafarme antes de que todo se viniera abajo. Aún así, mi gusto por explorar edificios derruidos, al modo Urbex, aún sigue intacto.
CASA AMPARO Sus textos serán insufribles. El menú a tiza se escribirá con faltas en la pizarra: patatas a la importancia, cazón en adobo, y flan de café. La ensalada, igual que el verbo, poco ilustrada. Por siete euritos es lo que hay. El San Jacobo subió a los altares hará unos años. Las angulas de pobre se dejaron ver en alguna ocasión. Cuando asoma en la comanda el bonito en escabeche es un día de fiesta. Pero si se acercan sabrán que los parroquianos suspiran por los guisos y favores diarios de doña Amparo. En su regazo se sienten en casa.
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