RELATOS DE BICICLETAS - PARIS Parece más fácil dejarse llevar por la comodidad y sentarse en una brasserie a observar la vida pasar, pero decidí buscar otras sensaciones. Subido en la bicicleta, ésa vida que mana a borbotones por todos lados; seducción de imágenes del muñeco de un zoótropo girando, parece manejable desde un sillín alquilado y aporta una falsa pero agradable ilusión de ubicuidad. A golpe de pedal París me abraza y yo consiento. Viajo sólo pero a veces me gusta pensar que Phileas Fogg y Passepartout me indican la ruta. Ni el resbaladizo pavés ni las musicales hojas muertas que lo cubren impiden que mi Velib alquilada prosiga su camino empapándose del enigma en todos los rincones. Hago ziz-zag entre grupos de extraños en la acristalada pirámide del Louvre y sin poner pié a tierra me intereso por las láminas que exhiben los bouquinistas en el cauce del río: mecanismos y artilugios, autómatas de Jaquet-Dr...