CABLE A TIERRA
Nieva
afuera y aun así se está caliente en casa otro día más. Hay un
silencio que llega hasta a provocar incertidumbre, como si el mundo
se hubiera salido de su eje. Lo poco que se adivina oírse es una
sirena y el aire por la rejilla de ventilación ululando en la
cocina.
Los
mapas parecen haberse borrado. Han dejado de estar dibujados para dar
paso a un tiempo de exploradores y valientes. A la vez que todo
parece como humanizarse, el temor por contra, ha empezado a fabricar
una perenne vigilancia y chivos expiatorios a quien culpar.
Entretanto se siente el dolor de otros que esperan en la fila del
triaje mientras el miedo al contagio genera mil desconfianzas.
Decepciona sentir como ni siquiera el frío intenso limpia.
A año
vista de la vacuna el tiempo se hace largo entre placebos de cultura
que alimentan la resiliencia. Se queman brujas en la intimidad de las
vitrocerámicas domésticas en espera de que exhaustos guerreros de
bata blanca griten eureka brazos en alto.
El
hedonismo ha llevado al rincón de pensar. Podrían aspirar a ser
dueños de sus destinos si la píldora sanadora tuviera dos colores,
mitad azul, liquidadora de pandemias, mitad roja limpiadora de
egoísmos. Los inquilinos del lazareto suspiran por un cable de toma
a tierra que les conceda la indulgencia plenaria a sí mismos; una
tregua al menos que les lleve de regreso a los cafés.
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