RELATOS DE BICICLETAS -
PARIS

    Parece más fácil dejarse llevar por la comodidad y sentarse en una brasserie a observar la vida pasar, pero decidí buscar otras sensaciones. Subido en la bicicleta, ésa vida que mana a borbotones por todos lados; seducción de imágenes del muñeco de un zoótropo girando, parece manejable desde un sillín alquilado y aporta una falsa pero agradable ilusión de ubicuidad.
    A golpe de pedal París me abraza y yo consiento. Viajo sólo pero a veces me gusta pensar que Phileas Fogg y Passepartout me indican la ruta. Ni el resbaladizo pavés ni las musicales hojas muertas que lo cubren impiden que mi Velib alquilada prosiga su camino empapándose del enigma en todos los rincones. 
   Hago ziz-zag entre grupos de extraños en la acristalada pirámide del Louvre y sin poner pié a tierra me intereso por las láminas que exhiben los bouquinistas en el cauce del río: mecanismos y artilugios, autómatas de Jaquet-Droz, velocípedos de época decimonónica... suficiente para atraer mi curiosidad y transportarme a otros siglos en un segundo.

    Si hablamos de máquinas, justo al pasar por la explanada del Instituto del mundo árabe, capta mi atención una locomotora allí plantada por arte de birlibirloque junto a sus lujones vagones entre los que curioso serpenteo. Ni más ni menos que el legendario Orient Express -aquel que siglos atrás viajaba de París a Estambul y donde surgían los asesinatos en el imaginario de Ágata Christie y se deslizaba entre sus compartimentos la exótica Mata Hari-, hoy queda expuesto al pasto de agotados turistas.
    A golpe de pedal avanzo entre los distritos hacia Montmartre. Al cruzar por la rue Lepic Amélie parece sonreirme desde su café de los dos Molinos y , poco después, toca apretar fuertemente el freno bajando la cuesta hacia la zona roja del boulevard de Clichy.
    Hago una cabriola con el manillar para evitar estamparme contra la marquesina del metro,  todo ello por despitarme, -maldita sea-, con un cartel giratorio con fotografías subidas de tono..  Malhumorado recoloco la cadena y continúo el periplo. 
     En uno de los cruces comienzo a escuchar un sonido amable que me devuelve a mi ánimo precedente. El efecto lo consigue un grupo de jazz manouche que agitadamente toca en los soportales de la plaza de Les Vosges y logra resucitarme del todo.
    Oscurece en la ciudad luz pero el foco de la bici no da para más aventuras y la cinematográfica luna de Meliés con su cohete incrustado en el ojo parece reírse de mis desdichas cuando giro en cada manzana. 
    Hora de apearse al llegar al arco del Triunfo y devolver la bicicleta prestada. Esta vez el liberado he sido yo y no París. Sin alforjas y de alquiler, hasta con equilibrios de funambulista despistado, aún así ha sido un día inspirador que ha ido -a la vista está- sobre ruedas.
 





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