Por la tarde, al abrir las contraventanas, se puede ver al hombre de la visera en la Plaza de San Calixto apareciendo cerveza Peroni en mano como guardián del Trastévere.
Las hiedras visten las fachadas coloreadas en su paleta de ocres, amarillos y anaranjados, y el sol de mediatarde busca hueco en mil rincones escondidos donde terrazas y trattorias profanas compiten con iglesias sacras, a caballo entre lo mundano y lo divino, en muy pequeño espacio. Entretanto, en cierto rincón de la vecina plaza San Egidio, se completa la estampa felliniana cuando conspira la casta al amparo de soldaditos de reemplazo con jeep que vigilan desubicados. Es justo en esos momentos cuando los vendedores apoyan sus pañuelos en cajas de cartón volátiles por si toca salir pitando de los carabinieri.
Difícil decidir qué echarse a la boca entre los puestos de pizza al taglio y panino de porceta donde como antaño cuelgan ristras de ajos y rojas guindillas. Mientras algún tenor venido a menos entona el oh-sole mío, las birras al spina fluyen pronto generosas en la Plaza Trilussa, donde la juventud y la amistad se exaltan.
La noche trasteverina empuja a que ambulantes con varillas para selfies y tragafuegos o malabaristas iuunden Santa María, a la vez que algunos músicos callejeros -figlios de la mignotta- maltratan cou un ritmo cansino más de un estándar de jazz.
Alegro ma non troppo, a éstas horas la dolce vita de fin de semana, junto al cansancio comienzan a pasar factura, y serpenteando entre pasajes donde cuelga ropa tendida de un lado a otro de la calle, tiramos escaleras arriba hacia San Pietro in Montorio. Bien vendría ahora la máquina de volar imposible de Leonardo para plantarnos en un suspiro y dar descanso a los tobillos. Atrás ha quedado el bullicio y el ascenso a éste otro Gólgota trae a la memoria otros que ya alguno padeció a diario en tiempo pretérito, y es que veinte años no es nada, o acaso sí.
La luz del amanecer nos da una bola extra : desde el mirador del Gianícolo, donde los bustos de los prohombres se desperezan, el perfume del Trastévere ya se ha disipado y de Testaccio a Campo de Fiori, toda Roma parece ensoñación. Desde aquí arriba la muralla aureliana quiere abrazar el conjunto y, pese a no haber podido tirar monedas en la Fontana, sólo queda pensar en regresar cuanto antes. Entretanto, algún alma perdida expiará sus pecados ayudado por el agua bendita frizzante.

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