Y todo comenzó con una copa de vino. Aquel día tenía cierto regusto a epílogo y a pesar de todo a Mario se le veía tranquilo. El trabajo estaba acabado y el trago le supo a gloria.
Aunque todos estamos de paso, en cierto modo algunos dejan una bella huella y él se encontraba entre dicho grupo. Simplemente ahora se trataba de dejarse llevar. Aquella tarde era una especie de homenaje íntimo donde el descorche de una botella de gran reserva cobraba el simbolismo de la despedida entre dos personas.
Sus papilas gustativas eran de lo poco inalterado que había dejado la enfermedad. Recientemente había sido diagnosticado de un mal apenas compatible con la vida tal como le había sentenciado su colega y amigo presente, doctor Silva, a quien pidió una sinceridad sin rodeos. Los esfuerzos de aquel hombre en favor de sus semejantes sin buscar reconocimiento alguno pese a sus logros investigadores habían sido superlativos. En lugares lejanos del África profunda miles de anónimos sin saber de su existencia se beneficiarían del tratamiento por él creado para combatir la temida Fiebre de Lassa. Tal era su dignidad, discreción y mejor herencia.
Con los primeros sorbos aquella conversación rememoró una vida plena: desde los inicios de la infancia en el pueblo y sus recuerdos aún nítidos en la memoria como el esfuerzo en la cosecha, el lagar de sus abuelos, los cangrejos en el río o el grupo escolar donde aprendería las cuatro reglas y la lucha de su familia por pagarle los estudios de medicina en la capital que le llevarían al culmen de su especialidad a la postre.
Prosiguió la charla suplicando anonimato respecto a la autoría del descubrimiento de la cura y sus patentes; como mucho aceptaría un reconocimiento grupal. Y así se lo hizo prometer no sin antes provocarle un mohín indisimulado de tristeza por su partida inminente y la manifiesta incapacidad de buscar solución para su amigo. Perversa suerte que mata a los que sanan.
Como queriendo buscar un instante de descanso del guerrero en los taninos astringentes de aquella última copa Mario curiosamente continuó animando a su amigo en su propia despedida en la zozobra del océano de la verdad más cruda de la vida.
Con el precioso color del rosicler del alba de fondo que se adivinaba desde un ventanuco del laboratorio la siguiente mañana una ausencia se hizo notar desde el primer momento en aquel espacio, en aquella calle y ciudad y aunque pocos lo sabían, puede que hasta en aquel mundo.
CASA AMPARO Sus textos serán insufribles. El menú a tiza se escribirá con faltas en la pizarra: patatas a la importancia, cazón en adobo, y flan de café. La ensalada, igual que el verbo, poco ilustrada. Por siete euritos es lo que hay. El San Jacobo subió a los altares hará unos años. Las angulas de pobre se dejaron ver en alguna ocasión. Cuando asoma en la comanda el bonito en escabeche es un día de fiesta. Pero si se acercan sabrán que los parroquianos suspiran por los guisos y favores diarios de doña Amparo. En su regazo se sienten en casa.
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