MEMORIAS DE UN CALCETÍN NEOMARXISTA EN CUARENTENA


       Es gracioso que siendo un objeto inanimado tenga obsesión por la simetría; una suerte de Toc por el orden que me lleva a pensar continuamente en estar alineado. Uno más de mis defectos aparte de que me estén saliendo pelusas y bolas.
       Soy un calcetín obsesivo, dickensiano, huraño no pocas veces y muy a su pesar a los pies de su ingrato dueño. Esto es lo que hay.
       Podía éste haber sido un camarero finolis, un repartido autónomo, un fetichista, o un jubilado calloso, pero no.. la personita que me utiliza en todos los sentidos de dicha palabra es un imberbe adolescente insolente. Sospecharéis con razón que no le tenga en gran estima.
       Creyendo a pie juntillas en la lucha de clases podría decirse que salto si me tocan la fibra. En la vida arrastrada que tengo por suerte vivir no es raro que saque la cabeza del charco y exhiba dignidad diciéndo !ya basta!
       Mi par es más compresivo que yo y desde un rol sumiso y pasivo hace la vista gorda. Yo más metodomeentodo por naturaleza reparo hasta en el más mínimo detalle. Así me va.
       Hablaré de mi viaje, compartiendo mi rutina para que saquéis conclusiones vosotros mismos.
       Ayer por la tarde, sin ir más lejos y cumplido ya mes y medio de confinamiento, el quinceañero tuvo a bien cambiarse de calcetines y darnos descanso. Puede ser que ni lo hubiera hecho todavía si no hubiera reparado en que mi pareja tenía un tomate ocasionado por la uña punzante de éste crío del demonio. Sufrido como pocos y en un morboso e íntimo disfrute acaso, mi gemelo no se quejó en ningún momento.
       Así las cosas acabamos olvidados en una esquina del pasillo apiñados los dos y hechos una maraña. La broma no acabó aquí sino que en sus habituales paseíllos a la despensa para el aprovisionamiento de galletas cada uno de ellos lo adornó usándonos como pelota, propinándonos tremendas patadas que nos lanzaron a la otra punta siendo frenados de golpe por el duro rodapié.
       Es la primera parte de una travesía que permaneció en calma chicha durante un tiempo. Cuando la situación se nos hacía bola inesperadamente los acontecimientos tomaron otro rumbo. Como no podía ser de otra forma, apareció la madre de la criatura reparando en nuestra precaria existencia y retirándonos de la esquina camino de la lavadora.
       La fase de lavado se hizo llevadera porque nos reparó de alguna manera del insufrible hedor adolescente. El suavizante parecía limar asperezas entre nosotros. Lo que se me suele hacer mareante y eterno es el ciclo largo de centrifugado de la máquina de marras. Una vez libres de ella pasamos a ser colgados del tendedero.
       Cabe decir que en estos hogareños días de la marmota la cosa está muy animada en radio patio. Las comadres tienden alegres sus coladas mientras las prendas nos miramos absortas unas a otras, todas bajo el yugo de las pinzas opresoras que parecen igualar por un rato nuestro estatus toda vez que el aire va meciendo y secando nuestras entretelas.
       Es un lugar clasista el tenderero: las medias de mujer francesas se pavoneaban de haber sido compradas en las parisinas galerías Lafayette mirándonos con desdén como creyéndose superiores tan estiradas y eróticas ellas desde sus existencias de seda. Igual actúaba el par de ejecutivos negros de rombos con su altivez inglesa y su tacto cashmere desde la primera línea de las cuerdas.
       Entretanto nosotros, mundanos calcetines azules de deporte de los de dos rayas blanca y roja de toda la vida, libres de egos no miramos a nadie por encima del tobillo, de sobra sabedores de la naturalidad de nuestro ser de algodón clásico limitándonos a soslayar su prepotencia sintética.
       Tras abandonar el patio llega el momento del planchado al vapor. Es un rato de deleite que nos devuelve la dignidad perdida. Hasta parecemos oler igual de bien que el terroso petricor que anticipa momentos de lluvia y frescor. Se reestablece el orden de nuevo y quedamos sin arrugas y listos para colocar ordenadamente en el cajón en perfectos montoncitos junto a otros compañeros. Es mi momentazo.
       Cuando el armario queda cerrado y mi par y yo nos quedamos a oscuras reconozco un disfrute pleno. Me invade una tibia sensación de seguridad. Es como hacer nuestros la intimidad, el orden y la quietud. Curioso viniendo de alguien como yo que antaño era claustrofóbico. Pueden tildarme de maniático si así lo desean, no se lo tendré en cuenta.
       Acabaré diciendo que a la mañana siguiente nos despierta el sonido al abrirse el tirador del cajón y con el crujir de la madera resurge en mí un sentimiento de dèjavú. Pudiera ser pereza o incluso miedo también.
       Espero que no seamos hoy el par elegido.











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