DIAMANTE

Estaba en Barcelona pero pudo haber estado en cualquier otro sitio. 

Le gustaba a ella pensar que era el corcho flotante en medio de la economía sumergida: una suerte de cazadora furtiva huyendo de crisis y subsidios a golpe de pedaladas. Parecía no poner buena cara cuando otros le llamaban “Diamante” pero era únicamente por su punto de chulería aunque en el fondoestuviera orgullosa de que en aquella aventura urbana se llevara como rider casi todos los pedidosde las mejores horas. 

Entre ese grupo de encapuchados con un quiste en forma de cajón amarilloamarrado a la parte trasera de la bicicleta sin duda era mucha la competencia. 

Contadas eran las veces en las que, si rulaba despacio y la llamabas por su nombre, Dikra, a lo mejor con suertehasta se giraba y sonreía. 

Exagero si digo que era la pesadilla de los gatos de Ciutat Vella de tanto que volaba. Tanto es así que la dichosa app, como una amante celosa que pretendíageolocalizarla en sus pedidos, lo llevaba crudo con ella para situarla, para enfado de susupervisor. 

Si el día se portaba, lo mismo caían cuarenta euretes ayudada por esas noches de
invierno de fútbol en la tele y sofá doméstico. Entre semejante locura se la jugaba sorteando
coches en la irónicamente llamada economía colaborativa. Eufemismo de compraventa solapando
un mezquino universo de víctimas. Hasta la fecha había salido indemne y se veía top en el ranking
de puntuación. Le apasionaban las dos ruedas desde que con cuatro años le mercaron una bici de
su tamaño, heredada sin duda de alguno de sus primos de Marsella.
Aquel mes de mayo eran días de Ramadán y el estómago apretaba por ello algo antes del
crepúsculo. Queriendo meter el pié en la cala de la bici se trastabilló y el portabotellines salpicó el
agua por un lado y su cuerpecillo por el otro. Ni el camión ni ella pudieron verse. Aquel fue el día
en que sus piernas pararon en seco cuando nunca antes lo habían hecho, y el cajón de repente
cambio de tamaño, color y destino. 

Creyendo estar en su lugar aquí, sin embargo nadie la extrañó.


Tan solo una reseña en el Diari y un padre que a dos mil kilómetros , solapado entre una nube de
Narguilé de fondo, gimotea algo demenciado ya cuando le vienen esporádicos recuerdos de Dikra.
 
Yo también pregunté por ella después , pero ya no hubo manera de seguirla.

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(junio 2019- Concurso Relatos semana de la Bicicleta Ayto Vitoria-Gasteiz)

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