RELATOS DE BICICLETAS -
LONDON CALLING
Otro anónimo más en Londres. En ocasiones la vida se hace bola y hay que escaparse. Al menos ésta vez las habilidades sirvieron de salvoconducto y encontré un ambiente a medida después de seis meses más que satisfecho en un céntrico cycle-café. Un tercio camarero, un tercio pastelero y otro mecánico de bicicletas. Chico para todo; feliz hombre orquesta. Cafés macchiato, tarta sacher y bielas dibujan mi cotidianidad.
El local es muy auténtico, con un cierto toque fabril y decadente pero cumplidamente organizado. Un cartel metálico vintage adorna la fachada indicando: " La vida es como guiar una bicicleta. Para mantener el equilibrio debes moverte". Me va como anillo al dedo, pienso, cada vez que lo leo. El interior del local algo hypster y sobrio, cuenta con mucha madera y comodísimos sofás naranjas de chenilla. Existe un jardín en el que detrás de la pérgola de buganvillas se camuflan el panel de las herramientas y la mordaza para sujetar y reparar las bicis. Los asientos del jardín son en realidad mullidos sillines donde en los escasos días de sol los clientes prueban suerte con la ficha del juego de la rana instalado al efecto. Entretanto todo el espacio emana efluvios a infusión de té rojo. En las plomizas tardes de otoño, -en cambio-, el barista se entretiene dando formas nuevas a la crema en las tazas de café: hoy toca corazón o clave de sol, mañana quizá remolino, y entretando las notas de modernjazz esquivan los azucareros de las mesas. Si se toca el timbre en el local, interrumpiendo dichas notas, la sonrisa cómplice se dibuja en el camarero siempre agradecido por la propina recibida.
No falta regusto británico en el espacio. El local lo adornar unos graffitis con imágenes pop-art del Carnaby street esplendoroso de los sesenta y un velocípedo antiguo de rueda delantera grande y trasera pequeña del cual cuelgan viejos maceteros repintados con la bandera del imperio.
El dueño anglo-italiano tiene allí -como si una prolongación de su hogar se tratara- sus particulares fetiches: la colección de candados de colores que cuelgan de la verja del jardin con el nombre de cada una de sus ex, o la orgullosa bicicleta que dicen fué del gran Fausto Coppi.
La barra se me antoja sorprendente por tener tres utensilios que amenazan juntos listos para ser usados a demanda: el grifo de la cerveza, el vaporizador de la cafetera y un curioso ingenio que no es otra cosa sino la goma del compresor para inflar ruedas allí mismo.
En días especiales, y cuando el ánimo invita a ello, éste camarero atiende las mesas de la terraza haciendo equilibrios con la bandeja subido en un monociclo y se gana amables aplausos y algún que otro susto.
Un par de asiáticos rickshaws reciben a la entrada, en espera de ser alquilados para dar una vuelta. No debo ocultar, por cierto, que en uno de los tiempos libres entre servicio y servicio, me monté en uno para acercarme a la zona de la orilla del río. Disfruté especialmente del paseo por el puente del Milenio cuando en primavera los edificios y el mismo Támesis mutan a media tarde del triste gris hacia unos reflejos cobrizos. Aquel día y fruto de la casualidad, descubrí en un puesto ambulante a una agradable vendedora de galletas de jengibre contra la que casi choqué y a punto estuve de caer de bruces, -mea culpa- por frenar tarde. Como curiosidad, y pasado el disgusto, le apeteció subir y le hice un hueco en el vehículo y, por ende, en mi vida.
No falta regusto británico en el espacio. El local lo adornar unos graffitis con imágenes pop-art del Carnaby street esplendoroso de los sesenta y un velocípedo antiguo de rueda delantera grande y trasera pequeña del cual cuelgan viejos maceteros repintados con la bandera del imperio.
El dueño anglo-italiano tiene allí -como si una prolongación de su hogar se tratara- sus particulares fetiches: la colección de candados de colores que cuelgan de la verja del jardin con el nombre de cada una de sus ex, o la orgullosa bicicleta que dicen fué del gran Fausto Coppi.
La barra se me antoja sorprendente por tener tres utensilios que amenazan juntos listos para ser usados a demanda: el grifo de la cerveza, el vaporizador de la cafetera y un curioso ingenio que no es otra cosa sino la goma del compresor para inflar ruedas allí mismo.
En días especiales, y cuando el ánimo invita a ello, éste camarero atiende las mesas de la terraza haciendo equilibrios con la bandeja subido en un monociclo y se gana amables aplausos y algún que otro susto.
Un par de asiáticos rickshaws reciben a la entrada, en espera de ser alquilados para dar una vuelta. No debo ocultar, por cierto, que en uno de los tiempos libres entre servicio y servicio, me monté en uno para acercarme a la zona de la orilla del río. Disfruté especialmente del paseo por el puente del Milenio cuando en primavera los edificios y el mismo Támesis mutan a media tarde del triste gris hacia unos reflejos cobrizos. Aquel día y fruto de la casualidad, descubrí en un puesto ambulante a una agradable vendedora de galletas de jengibre contra la que casi choqué y a punto estuve de caer de bruces, -mea culpa- por frenar tarde. Como curiosidad, y pasado el disgusto, le apeteció subir y le hice un hueco en el vehículo y, por ende, en mi vida.

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